Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades RIAM

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Friday, September 4, 2015

Asesinatos machistas y bous al carrer





José Ángel Lozoya Gómez
Miembro de la Red y del Foro de hombres por la igualdad


Este verano ha habido casi el mismo número de mujeres asesinadas que de hombres muertos entre los cuernos de los toros. Tras lamentar la muerte de cada uno de los corneados –siempre hombres– en las fiestas de cualquier pueblo, me doy cuenta de que tras esta necesidad de no pocos de demostrar su valor [su “hombría”] poniéndose al alcance del toro se esconde la versión suicida del machismo; el mismo machismo que, en versión asesina, demuestran aquellos que acaban con la vida de sus mujeres y sus hijos e hijas.

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Thursday, September 3, 2015

No olvidemos a los hombres



José Ángel Lozoya Gómez
Miembro de la Red y del Foro de hombres por la igualdad

Cuando decimos que “la revolución será feminista o no será” hemos de ser conscientes que no será si es que no logramos implicar en ella a la mayoría de esos hombres que Josep Vicent Marques llamaba “varones sensibles y machistas recuperables”.

Hace tiempo oí a una mujer contar que llevaba años acudiendo a todas las actividades que impulsaban en su pueblo el Instituto y la Concejalía de la Mujer, que lo aprendido le había cambiado la vida para bien, pero que tenía un problema: al volver a casa se encontraba al marido de siempre, un hombre bueno al que quería mucho y que se esforzaba por superar el machismo en un entorno muy hostil. A ella le costaba entender que las instituciones no impulsaran programas similares a los que atendían a las mujeres para ayudar a los hombres a caminar hacia la igualdad.

En 1999 el Ayuntamiento de Jerez creó la Delegación de Salud y Género y la Delegada Antonia Asencio, consciente de la necesidad de evitar cualquier sesgo de discriminación en las políticas municipales, decidió dedicar el 90% de sus recursos a acabar con las desigualdades que padecían las mujeres sin dejar por ello de ayudar a los hombres a romper con el sexismo, y me ofreció dirigir el programa “Hombres por la Igualdad”.

Fue la primera experiencia institucional dirigida a promover el cambio de los hombres, y nos permitió demostrar que, con el lenguaje y los ejemplos adecuados, podíamos motivar para la igualdad a cualquier colectivo de varones (jóvenes, adultos, padres, trabajadores, policías, drogadictos en rehabilitación…) y propiciar la aparición de grupos de hombres por la igualdad y de colectivos LGTB, al tiempo que desarrollábamos un discurso por la igualdad realmente inclusivo. La experiencia sirvió de referencia para poner en marcha programas similares a la Diputación de Sevilla, al Gobierno Vasco y al extinto Ministerio de Igualdad (también a la propuesta que acaban de presentar a su Ayuntamiento dos trabajadores sociales de Las Palmas de Gran Canaria).

La duración y trayectoria de estos programas, siempre bien acogidos por sus destinatarios aunque de vida limitada, ha dependido de lo clara que tuvieran su pertinencia las responsables políticas de las mismas, del cambio de color político de la institución de la que dependían, de la posición de algunos colectivos feministas (que temían perder parte del protagonismo conseguido en la lucha por la igualdad o el control de los recursos disponibles para impulsarla), y de la debilidad del movimiento de hombres por la igualdad.

Aunque la igualdad entre los sexos/géneros es una reivindicación democrática que el movimiento feminista puso en la agenda pública con ayuda del movimiento LGTB, desde la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer[1] de 1995 en Beijing se mantiene constante la necesidad de promover la participación de los hombres y los niños "para desafiar las estructuras, las creencias, las prácticas y las instituciones que sostienen los privilegios acumulados de los hombres y para abordar las desigualdades entre mujeres y hombres" a fin de combatir "las dinámicas de poder en sus propias vidas así como en sus respectivas comunidades y sociedades”, aunque el PSOE la haya olvidado e IU siempre la haya ignorado.

Si nos referimos a los hombres solo para denunciar sus privilegios o sus responsabilidades ante la violencia machista, solo conseguimos que sientan que la lucha por la igualdad es un asunto de mujeres; tampoco ponemos en cuestión la falsa percepción que de las políticas de igualdad tiene parte de la población: creen que en los procesos de separación o las denuncias por violencia machista la aplicación de las leyes va en contra de los hombres, e imaginan que el  propósito oculto del feminismo es darle la vuelta a la tortilla invirtiendo las relaciones de poder entre los sexos. Es decir, le abrimos la puerta a los discursos posmachistas, que se apoyan en esta falsa percepción y la fomentan. Estos discursos a la contra han logrado cierta audiencia y le han arrebatado al discurso igualitario parte de la hegemonía, con apoyo del PP que ya se refería al Ministerio de Igualdad como el de "Igual da".

Recuperar la iniciativa requiere actualizar los argumentos con los que defendemos y legitimamos las políticas de igualdad, y más en un momento en que están amenazadas hasta las pensiones de viudedad. En esta actualización es urgente contar con los hombres en el diseño y construcción de la sociedad igualitaria, y la mejor forma de hacerlo es impulsando medidas inclusivas como los permisos iguales e intransferibles por nacimiento o adopción, o la promoción de la incorporación de mujeres y hombres a estudios o profesiones en las que unas u otros están poco presentes.

Las altas ratios de violencia machista en los países escandinavos demuestran que no basta con el paso del tiempo, las leyes y la perseverancia del movimiento feminista (hombres por la igualdad incluidos) para acabar con el machismo, porque para pasar de la igualdad legal a la real necesitamos que la mayoría de los hombres entienda y asuma la necesidad de ceder poder y corresponsabilizarse de los cuidados.

Podemos ha abierto un tiempo nuevo que permite desempolvar viejas reivindicaciones porque todos los actores políticos están más receptivos. La pregunta es si impulsaran programas de hombres por la igualdad que tengan en cuenta sus resistencias y dificultades, para impulsarlos a que se incorporen a un proceso en el que cambien humanidad por poder.



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Tuesday, March 3, 2015

VIOLENCIAS MASCULINAS



José Ángel Lozoya mez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad

Comprender la relacn que existe entre la masculinidad y la violencia es vital para entender la violencia machista y abordar la deconstruccn de la masculinidad.

No soy un pacifista de los de toda la vida, me hice hombre en la lucha contra el franquismo convencido de que se podía hacer la paz con la guerra, y de que era heroico darlo todo por la felicidad de los demás. La edad, la paternidad y el feminismo me han ido convenciendo de que han de existir otras formas de cambiar la realidad.

Estamos tan acostumbrados a asociar la violencia de género con la violencia contra las mujeres que nos cuesta ver la marca de género en las violencias cotidianas, pese a saber que tenemos muchas más posibilidades de ser agredidos por un hombre que por una mujer, y no damos importancia al hecho de que la mayoría de los protagonistas directos de las peleas en colegios, campos de fútbol, incidentes de tfico, sitios de copas o protestas sean hombres.

Desde la noche de los tiempos los varones hemos sido los ejecutores y las principales víctimas de la violencia. La virilidad ha sido inseparable de la heroicidad y de la guerra hasta el punto de que, para algunos, arriesgar la vida (el mandato del héroe) tiene  más  valor  que  crearla,  protegerla  o  cuidarla  (comportamientos  atribuidos  a  las  mujeres).  La  violencia  sigue  siendo  el argumento decisivo en la resolución de todo tipo de conflictos, aunque se presente como no deseada y se responsabilice de la misma a quien sufre sus consecuencias.

A los varones nos socializan en violencias de género, poco o nada sutiles, que nos bloquean ciertas capacidades por considerarlas femeninas. La misoginia y la homofobia son quizás las violencias más reconocibles, pero hay también otras mucho más complejas y difusas; por ejemplo, el autocontrol al que permanentemente nos sometemos de una u otra forma todos los hombres para que no parezca que somos lo que se supone que no debemos ser (bil, homosexual, femenino). Son violencias sutiles que tienen un impacto incuestionable sobre la libertad y la felicidad.

La virilidad circula por la senda sutil del poder. Máscaras, arquetipos y modas nos presentan al hombre de éxito, rico y poderoso, sin honor ni pudor (un atleta dopado, una estrella de rock o un friki de la computación), que con su rebeldía nos recuerda a los solitarios cowboys. Puede que la virilidad haya perdido su carácter monolítico pero ha ganado profundidad.

Mientras se use el castigo para educar, los niños aprenden que es un recurso eficaz para imponer el propio punto de vista, someter la voluntad del otro y corregir su conducta. Si además se les dice que es un gran honor defender heroicamente a su país, al tiempo que se les enseña a ser fuertes y valientes, a no llorar, a negar el miedo y la vulnerabilidad, a buscar emociones fuertes, a afirmar su ego frente al miedo al riesgo y a la muerte la violencia seguirá siendo central en la resolución de conflictos, e ir a la guerra seguirá siendo la manifestación definitiva de la masculinidad: Siria, Irak, Ucrania...

Hoy los modelos masculinos son menos violentos y machistas, pero la guerra, el homicidio, el crimen y el delito siguen siendo fenómenos muy mayoritariamente masculinos y la simbología del heroísmo se mantiene en sus metáforas: el cine de acción y el aura de heroicidad que el deporte otorga a los triunfadores. Por supuesto que existen hombres muy pacíficos, y también es cierto que se está incrementando el número de mujeres que recurren a la violencia, pero estadísticamente su representatividad sigue estando en torno al diez por ciento.

La cultura, la masculinidad y el entorno no atenúan la responsabilidad individual de quien emplea la violencia. A pesar de esta  influencia  medioambiental  la  mayoría  los  chicos  se  comportan  civilizadamente,  y las  chicas  que  crecen  en  los  mismos ambientes la usan diez veces menos. Pero necesitamos las gafas de género ante toda violencia ejercida mayoritariamente por los hombres, sobre todo si cuenta con aliento social y afirma la sensación de virilidad de quien la usa, sea contra otros o contr a sí mismo.

La violencia la usa quien puede para obtener lo que desea, si no le supone un coste excesivo. Las víctimas más frecuentes de la violencia son las mujeres, los menores, los ancianos, los grupos étnicos, los inmigrantes, los toximanos y los débile s; pero su legitimidad se pone en cuestión a medida que se rechazan las jerarquías (clasismo, racismo, xenofobia, sexi smo, machismo u homofobia) y las diferencias superficiales.

Empezamos a ver como violencias de género las agresiones que sufren algunos hombres (violaciones sexuales en prisión, prostitución forzada, ataques a personas o grupos de homosexuales, bisexuales  y transgéneros), pero la mujer es la principal víctima de las desigualdades de género. Debemos replantear el contrato social sin dejar de profundizar en el análisis de las consecuencias de la socialización masculina, y promover un cambio radical ante la violencia: que los comportamientos violentos se perciban como aberración ocasional, y la corresponsabilidad en el cuidado se convierta en lo habitual.

Sevilla, febrero 2015

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