Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades RIAM

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Saturday, September 6, 2014

Loyola entre nosotros







 Por Adrián Rodríguez Chailloux

A veces la vida es una reverenda hija de puta. No hay otra manera que pueda procesar el hecho de que una persona querida ya no esté junto a nosotros. Hoy me levanto con la jodida noticia de que el profesor Oscar Loyola no estará con nosotros. En esta mañana, que ya se convirtió en un asco, no puedo hablar de ese Loyola profesor, porque nunca entré a ninguna de sus clases. Sus clases, charlas, humor o ironías siempre las tuve fuera del sacrosanto espacio de un salón de clases. Por suerte, desde que tengo uso de razón, fue una persona que siempre estuvo en mi radar. Ahora mismo no sé si porque él y mi mamá eran socios desde que eran estudiantes y lo siguieron siendo por los años de los años. O porque a raíz de esa amistad, era del tipo de gente que de repente se convertían en mis ti@s putativos, los cuáles aunque no me vieran en millones de años siempre se preocupaban por mí y se tomaban la atribución de regañarme o centrarme cuándo andaba de cabeza loca. O quizá, porque el mundo conspiró para que su hija María Alexandra fuera mi primera socita en la primaria y buenas trastadas que hicimos en la Guido. Con el tiempo mi madre me confesó cada vez que los mandaban a buscar a la escuela, por algo que hicimos o no, Loyola le decía: Ni te asombres que este karma lo tenemos que pagar por lo mucho que jodimos en F y 3ra. Con el tiempo entro en la UH, no a estudiar Historia, que supuestamente era lo que todos veían venir, sino otra carrera y lo seguí disfrutando y aprendiendo de sus enseñanzas en cada espacio de la facultad… No sé, son un millón de cosas que se me atragantan en las neuronas y no hay manera que les dé un cauce sosegado. Por lo menos intento que cada palabras rehúya de un panegírico lacrimógeno por alguien cercano que ya no está. Por más que la noticia sea dolorosa, yo me quedo con el Loyola que vi hace menos de un mes en mi último viaje a La Habana en L y 27 saliendo de una reunión del Departamento de Historia y me dio tremenda alegría. El mismo que estaba hablando con alguien y dejó una conversación atribulada sobre el sindicato y acciones partidistas y me soltó sin medirse, después de un efusivo saludo: ¿Niño, pero qué tú haces aquí? ¿De vacaciones? ¿Cómo deber estar la Chailloux? Al mismo que le dije que parecía un niño en un hogar de ancianos y me respondió con la ironía de siempre: Que él era el pepillo del Hogar de Santovenia en que se había convertido el Departamento de Historia. Me resisto a dejar que la tristeza me consuma cada vez que leo la noticia de que Loyola ya no estará con nosotros, quiero seguir pensando que Oscar Loyola siempre me lo encontraré en L y 27 o entrando en la facultad dispuesto a hacerme reír con su humor e inteligencia y nunca nos abandonará. Yo, justo en este momento, me quedo con eso…

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